martes, 4 de noviembre de 2014

Mente y Materia en Edwin Schödinger


 Selección de textos del libro Mente y Materia del Premio Nobel Edwin Schödinger.

 


Nuestra imagen del mundo se elabora a partir de la información proporcionada por los órganos sensoriales de la mente (de manera que la imagen del mundo es y se conserva, para cualquier hombre, como una elaboración de su propia mente, y no es posible demostrar que esta imagen tenga otra existencia), mientras que nuestra mente consciente se queda en algo extraño dentro de esta imagen, no tiene espacio vital en ella, no es localizable en ningún punto del espacio.


No sabemos darnos cuenta de este hecho porque hemos admitido enteramente que el pensamiento de la personalidad de un ser humano (o también, en este sentido, de un animal) está localizado en el interior de su cuerpo. Saber que, en realidad, no es así resulta sorprendente por lo que nos invade la duda y la confusión, es algo que no admitimos de buena gana.


Nos hemos acostumbrado a localizar la personalidad consciente en la cabeza de los individuos —me atrevería incluso a decir que una o dos pulgadas detrás del punto medio de los ojos. De ahí nos llegan (si se da el caso) miradas amorosas o tiernas, recelosas o enojadas. Me pregunto si se ha hecho notar alguna vez que el ojo es el único órgano de los sentidos cuyo carácter puramente receptivo ingenuamente no reconocemos. Tendemos a pensar en contra de la realidad, es decir, en «rayos visuales» que salen de los ojos y no en «rayos de luz» que impactan los ojos desde el exterior. Es frecuente encontrarse con «rayos visuales» representados en los dibujos de los «cómics» o incluso en los antiguos diagramas que ilustran instrumentos o leyes ópticas: una línea de puntos que emerge del ojo y que apunta a un objeto con una lejana flecha. Estimado lector, o mejor aún, estimada lectora, recuerde el brillo de los gozosos ojos con los que le obsequia su hijo cuando le trae un juguete nuevo y deje que un físico le explique que, en realidad, nada emerge de esos ojos; su única función objetivamente detectable es, en realidad, recibir los impactos de cuantos de luz. ¡En realidad! ¡Extraña realidad! No parece una realidad completa.
Nos cuesta mucho aceptar el hecho de que la localización de la personalidad (de la mente consciente) en el cuerpo no es sino un símbolo, una ayuda de carácter práctico...


¿Es en verdad mi mundo el mismo que el tuyo? ¿Existe un mundo real que debamos distinguir de las imágenes que la percepción inyecta en nosotros? Y, si es así, ¿representan bien al mundo estas imágenes? ¿No será quizás el mundo «en sí mismo» muy distinto al que percibimos?
Se trata de preguntas ingeniosas pero, en mi opinión, muy susceptibles de confundir la cuestión. No tienen respuestas adecuadas. Todas ellas son (o conducen a) contradicciones que manan de una misma fuente, una fuente que yo he llamado la paradoja matemática; los muchos egos conscientes con cuyas experiencias mentales se confeccionan un mundo único. Resolver esta paradoja serviría para acabar con preguntas como las mencionadas y, me atrevería a decir, para demostrar que, en realidad, son preguntas falsas.

Existen dos salidas para esta paradoja, ambas un tanto caprichosas para el pensamiento científico actual (pensamiento basado en el antiguo griego y, por lo tanto, profundamente «occidental»). Una es la tímida doctrina de las mónadas de Leibniz: cada mónada es un mundo de por sí sin comunicacióncon las demás; la mónada «no tiene ventanas», está «incomunicada». El hecho de que, a pesar de todo, exista acuerdo entre ellas se llama «armonía preestablecida». Creo que son pocos los que se sienten atraídos por semejante sugerencia, y menos los que piensan que ésta supone el menor alivio para la contradicción numérica.
Sólo hay obviamente una alternativa, a saber, la unificación de mentes y conciencias. Su multiplicidad es sólo aparente, en realidad sólo existe una única mente. Ésta es la doctrina de las Upanisad. Y no sólo de ellas. La unión con Dios, experimentada místicamente, supone generalmente esta actitud, excepto si se opone a fuertes prejuicios; y esto explica que en Occidente se acepte menos que en Oriente. Citaré como ejemplo (fuera de las Upanisad) a un místico de la Persia islámica del siglo XIII, Aziz Nasafi. Lo tomo de un artículo de Fritz Meyer:

"Cuando muere una criatura viviente, su espíritu vuelve al mundo espiritual y el cuerpo al mundo corpóreo. Pero, en este proceso, sólo los cuerpos están sujetos al cambio. El mundo espiritual es un espíritu único que está detrás del mundo corpóreo como una luz y que, cuando una criatura viva accede a la existencia, luce a su través como a través de una ventana. Y en el mundo entra más o menos luz según sea la clase y el tamaño de la ventana. Pero la luz en sí no cambia".

Hace diez años Aldous Huxley publicó un precioso volumen que llamó "The perennial Philosophy", una antología de los místicos de las épocas y los pueblos más variados. Se abra por donde se abra este libro, encontraremos declaraciones parecidas. Sorprende la milagrosa coincidencia entre seres humanos de diferentes razas y religiones (que nada sabían de su mutua existencia), separados por siglos y milenios y por las mayores distancias del planeta.

De todos modos, debemos insistir en que estas doctrinas tienen poco atractivo para el pensamiento occidental; se nos antojan indigeribles, las tildamos de no científicas y de fantásticas. Bien, así es, porque nuestra ciencia —la ciencia de Grecia— se basa en la objetivización, por lo que se ha privado a sí misma de una comprensión adecuada del sujeto del conocimiento, de la mente. Pero creo que éste es precisamente el punto de nuestra manera de pensar que debemos enmendar, quizá con la transfusión de una gota de sangre de pensamiento oriental. No será nada fácil, debemos tener cuidado con no dar un patinazo (las transfusiones de sangre necesitan siempre gran precaución para prevenir posibles
embolias). No querremos perder la precisión lógica que ha alcanzado nuestro pensamiento científico y que no tiene parangón en lugar ni época algunos.

Una cosa, sin embargo, puede afirmarse en favor de la enseñanza mística de la identidad de todas las mentes entre sí y con la mente suprema —y en contra de la tímida doctrina de las mónadas de Leibniz. La doctrina de la identidad puede afirmar su íntima relación con el hecho empírico de que la conciencia nunca se experimenta en plural, sólo en singular. No sólo nadie nunca ha experimentado más de una conciencia, sino que no existe huella de la evidencia circunstancial de que ello haya jamás ocurrido en el mundo. Decir que no puede existir más de una conciencia en una misma mente parece una tosca tautología (somos casi incapaces de imaginar lo contrario).

Sin embargo, existen casos y situaciones en los que estaríamos dispuestos a suponer, y casi a afirmar, que estas cosas inimaginables ocurren, si ello es de alguna forma posible...

El sueño es como un teatro de marionetas en el que manejamos los hilos de bastantes actores, controlamos sus acciones y sus discursos, pero no somos conscientes de ello. Sólo uno de ellos soy yo mismo, el que sueña. Yo puedo actuar y hablar inmediatamente en el papel de un personaje, mientras puedo estar esperando, impaciente y ansioso, lo que otro pueda replicar, pendiente de si va a satisfacer o no mi urgente demanda. Y puedo obligarle a hacer y a decir lo que me apetezca para que nada me ocurra. Pues, en un sueño de esta clase, el «otro» es sobre todo la imitación de algún obstáculo que se cruza en mi vida real y sobre el que no tengo en realidad control alguno. La extraña situación que aquí hemos descrito explica obviamente la firme creencia de casi todos los pueblos antiguos cuando creen que se comunican realmente con las personas, vivas o muertas o, quizá, con los héroes y los dioses que aparecían en sus sueños. Es una superstición que muere con dificultad...


Sherrington nos habla de experimentos muy interesantes sobre la frecuencia umbral de centelleo... Veamos la conclusión en palabras del propio Sherrington:

"Las dos entradas de información no se combinan por una conjugación espacial del mecanismo cerebral… Es como si las imágenes de cada ojo fuesen recogidas por observadores distintos cuyas mentes fuesen luego fundidas en una sola. Es como si las percepciones de cada ojo se elaborasen por separado para fundirse luego psíquicamente en una unidad. Es como si cada ojo tuviera su propio sensorio independiente, de una considerable dignidad, lo que sirve para que se desarrollen ciertos procesos mentales hasta niveles de total percepción. Esto equivaldría fisiológicamente a un sub−cerebro visual. Habría dos sub−cerebros, uno para cada ojo. Su colaboración mental sería proporcionada más por una contemporaneidad de acción que por una unión estructural".

Siguen consideraciones muy generales de las que de nuevo extraigo sólo los puntos más característicos:

"¿Se basan pues estos subcerebros cuasi-independientes en los varios tipos de sentidos? Los «cinco» sentidos clásicos, en lugar de estar intrincadamente unidos en la corteza del cerebro y sumergidos en complicados mecanismos de su interior, resultan fáciles de localizar en zonas bien diferenciadas. ¿Hasta qué punto será la mente una colección de mentes perceptoras cuasi-independientes, muy integradas psíquicamente por la concurrencia temporal de la experiencia?… Cuando se trata de la «mente», el sistema nervioso no se integra mediante una centralización en torno a una célula pontificia. Se trata más bien de una democracia un millón de veces múltiple, cuya unidad es la célula… la vida concreta compuesta de sub-vidas revela, aunque integrada, su carácter aditivo y se manifiesta como una entidad de minúsculos focos de vida que actúan juntos… Pero, cuando consideramos la mente, nada de eso ocurre. La célula nerviosa individual no es nunca un cerebro en miniatura. La constitución celular del cuerpo no necesita depender lo más mínimo de la mente. Una célula-cerebro central no podría asegurar a la reacción mental un carácter más unificado y no atómico como lo hace la multitudinaria capa de células de la corteza cerebral. La materia y la energía parecen poseer una estructura granular, y así ocurre con «la vida», pero no con la mente".

La mente es, por su propia naturaleza, un "singulare-tantum". Yo diría: todas las mentes son una sola. Me atrevo a considerarla indestructible, ya que tiene una peculiar tabla de tiempos, esto es, para la mente es siempre ahora. No existe, en realidad, el antes y el después para la mente. Sólo existe un ahora que incluye memorias y expectativas. Pero doy por seguro que nuestro lenguaje es incapaz de expresar esta cuestión y también afirmo, por si alguien así desea decirlo, que estoy hablando ya de Religión, no de Ciencia; pero de una Religión que no se opone a la Ciencia, sino que se sustenta en todo aquello que la investigación científica desinteresada ha traído a la palestra...

Un mundo que ha existido durante muchos millones de años sin que ninguna mente lo contemple ni tenga noticia de él, ¿significa algo? ¿Ha existido? Pues no debemos olvidar esto: decir, como hemos dicho, que el devenir del mundo se refleja en la mente consciente no es sino un cliché, una frase, una metáfora que se nos ha hecho familiar. El mundo sólo se da una vez. Nada se refleja. El original y la imagen especular son idénticas. El mundo que se extiende en el espacio y en el tiempo no es sino una representación nuestra (Vorstellung). La experiencia no nos proporciona el menor indicio sobre si hay algo detrás de ella (como Berkeley sabía muy bien)...

En este último capítulo, deseo demostrar, con un poco más de detalle, un hecho muy sorprendente que Demócrito de Abdera ya señalara en un célebre pensamiento. Me refiero a que, por un lado, todo nuestro conocimiento sobre el mundo que nos rodea (el conseguido en la vida cotidiana y el revelado por cuidadosas experiencias de laboratorio) descansa enteramente en las percepciones sensoriales inmediatas, mientras que, por otro lado, este conocimiento no es capaz de revelar las relaciones entre las percepciones sensoriales y el mundo exterior; toda calidad sensorial está ausente. Es fácil admitir la primera parte de la afirmación, pero no sabemos caer en la cuenta de la segunda, simplemente por el gran respeto que el no científico tiene —como norma— hacia nosotros los científicos y por el ilimitado poder vislumbrador que atribuye a nuestros «fabulosos y refinados métodos»...

La percepción sensorial directa del fenómeno nada dice sobre su naturaleza física objetiva (o lo que así solemos llamar) y debe desconectarse desde el principio como fuente de información, pero la imagen teórica que eventualmente obtenemos consiste siempre en un conjunto de complicadas informaciones obtenidas, todas ellas, a través de percepción sensorial. La percepción reside en ellas, es una combinación de ellas, pero no puede decirse en realidad que las contenga. Al usar la imagen, las olvidamos con frecuencia, excepto en el sentido general de que sabemos que nuestra idea de la luz como fenómeno ondulatorio no es una invención arbitraria de un chiflado, sino producto de la experiencia...

En este capítulo, he intentado contrastar (con ejemplos sencillos tomados de la más humilde de las ciencias, de la Física) dos hechos generales: a) que todo el conocimiento científico se basa en los sentidos, y b) que, a pesar de todo, las descripciones científicas de los procesos naturales así elaborados carecen de todas las cualidades sensoriales, por lo que no pueden dar cuenta de ellas, no pueden explicarlas. Terminaré con un comentario de carácter general.

Las teorías científicas sirven para facilitar el examen de nuestras observaciones y de nuestros descubrimientos experimentales. Todo científico sabe lo difícil que es recordar un conjunto moderadamente grande de hechos, antes al menos de que se haya esbozado una imagen teórica primaria. No es de extrañar, pues, que los autores de artículos originales y de libros de texto no describan los resultados desnudos que han obtenido, sino que los revisten con la terminología de una teoría o teorías previamente concebidas. Este proceder (por el que no debemos en absoluto acusarlos), aunque muy útil para recordar ordenadamente los hechos, tiende a destruir la distinción entre las observaciones reales y la teoría que surge de ellas. Y, como las primeras siempre pertenecen a alguna cualidad sensorial, tendemos a creer que las teorías deben explicar las cualidades sensoriales, cosa que, claro, nunca consiguen.

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