Transcrito de sus memorias (Recuerdos, sueños, pensamientos), libro imprescindible para una correcta comprensión de la vida y y obra de C.G. Jung (1875-1961)
El viaje a la India (1938) no surgió por mi propia voluntad
sino que he de agradecerlo a una invitación del Gobierno indio-británico a
participar en las festividades que tenían lugar con ocasión del jubileo de los
25 años de la Universidad de Calcuta.
Por entonces había leído ya mucho acerca de la filosofía
india y la historia de la religión y estaba profundamente convencido del valor
de la sabiduría oriental. Pero debía viajar, por así decirlo, como un ser
autárquico y permanecí en mí mismo como un homúnculo en el alambique. La India
me impresionó como un sueño, pues buscaba y me busco a mí mismo, a mi propia
verdad. Así, pues, el viaje constituyó un intermezzo en mi preocupación
intensiva de entonces por la filosofía alquímica. Ésta no me dejaba tranquilo,
sino que por el contrario me indujo a llevarme conmigo el primer tomo del Theatrum Chemicum de 1602 que contiene
los escritos más importantes de Gerardo Dorneo. En el transcurso del viaje
estudié el libro desde el principio hasta el final. De este modo se estableció
un constante contacto entre el ideario de la Europa antigua y las impresiones
de un espíritu cultural extraño.
Ambas cosas procedían en línea directa de las primitivas
experiencias anímicas del inconsciente y por ello se establecen consideraciones
iguales o semejantes o por lo menos comparables entre sí.
En la India estuve por vez primera bajo la impresión
inmediata de una cultura extraña, altamente diferenciada. En mi viaje por
África fueron decisivas impresiones distintas por completo a la cultura; y en
África del Norte nunca tuve ocasión de hablar con ningún hombre que fuese capaz
de definir su cultura. Pero ahora tuve ocasión de hablar con representantes del
espíritu indio y de comparar éste con el espíritu europeo. Esto era de suma
importancia para mí.
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| V. Subramanya Iyer |
Conversé bastante con V. Subramanya Iyer, el gurú del
maharajá de Mysore, de quien fui huésped por algún tiempo, también conversé con
muchos otros cuyos nombres por desgracia he olvidado. Por el contrario,
evité
el encuentro con los llamados «santones». Los evité porque debía contentarme
con mi propia verdad y no me estaba permitido aceptar más que lo que yo mismo
podía alcanzar. Me hubiera parecido un robo si hubiera querido aprender de los
santones y aceptar para mí su verdad. Su sabiduría pertenece a ellos y a mí
sólo me pertenece lo que procede de mí mismo. Tanto más cuanto que en Europa no
puedo pedir ningún préstamo a Oriente, sino que debo vivir por mí mismo, de lo
que dice mi interior o lo que la naturaleza me aporta.
No subestimo por completo la importante figura del santón
indio, pero no está a mi alcance valorarlo correctamente como un fenómeno
aislado. Así, por ejemplo, no sé si la sabiduría que él expresa es una
manifestación propia o un proverbio que circula por el país desde hace mil años.
Recuerdo un suceso típico en Ceilán. Dos campesinos conducían con sus
bicicletas sus carros en dirección contraria en una calle estrecha. En lugar de
la esperada disputa cada uno de ellos murmuró palabras de discreta cortesía que
sonaban como «adûkan anâtman» y significaba: «Molestia pasajera, no hay alma
(individual).» ¿Fue algo inusitado? ¿Era típicamente indio?