viernes, 26 de noviembre de 2010

Mundo Imaginal en Corbin -7-

MUNDO IMAGINARIO Y MUNDO IMAGINAL (g)
Henry Corbin 
Publicado en la revista Axis Mundi, nº 4. Trad. de Agustín López


Nuestro peregrino fija entonces su morada entre los suyos, pero se apercibe en el curso de sus paseos de que no hay ningún campo sembrado en los alrededores. ¿De qué viven los habitantes de la ciudad? Se enterará entonces de que los medios de subsistencia proceden de "la Isla Verde situada en el Mar blanco", que es una de las islas de los hijos del Imam oculto. Dos veces por año, una flota de siete navíos les aporta lo necesario. El primer viaje de aquel año ya había tenido lugar; había que esperar todavía cuatro meses hasta el próximo. Y el relato nos muestra al peregrino pasando los días, colmado por la gentileza de los habitantes, pero en la angustia de la espera, paseandose incansablemente por la orilla, escudriñando el mar, en dirección al oeste, anhelando la llegada de los barcos. Podríamos sentir la tentación de pensar que nos encontramos en la costa africana del Atlántico y que la Isla Verde pertenece por ejemplo al grupo de las Canarias o "Islas afortunadas". Los detalles que siguen bastarán para desengañarnos. Otras relatos tradicionales localizan en otra parte la Isla Verde -en el mar Caspio, por ejemplo- como para damos a entender que no tiene coordenadas en la geografía de este mundo. 

Por fin, como si conforme a la ley del "octavo clima" el ardiente deseo hubiera abreviado el espacio, allí aparecen los siete navíos que llegan con cierto adelanto y hacen su entrada en el puerto. Del mayor de ellos desciende un shaykh de noble prestancia, de hermoso rostro y magníficas vestiduras. Se entabla un diálogo y nuestro peregrino se da cuenta con estupor de que el shaykh lo sabe ya todo de él, su nombre y su origen. Es su compañero y le anuncia que ha venido a buscarle: juntos deberán partir hacia la Isla Verde. Y este episodio lleva la marca característica del sentimiento gnóstico de todas partes y de todo tiempo: es un exiliado, separado de los suyos, de los que apenas conserva recuerdo, y menos aún del camino que puede conducirle de nuevo hasta ellos. Y hete aquí que un día llega un mensaje que de ellos procede: como en el "Canto de la perla" de los Hechos de Tomas, como en el Relato del exilio occidental de Sohravardî. Aquí, es algo mejor que un mensaje; es en persona uno de los compañeros del Imam. Entonces nuestro narrador exclama conmovido: "Oyendo estas palabras, me sentí colmado de felicidad. ¡Se habían acordado de mí, tenía un nombre para ellos!" ¿Había, pues, terminado el exilio? A partir de ahora es completamente seguro que el itinerario no puede ser rastreado en nuestros mapas. 

En efecto, la travesía dura dieciséis días, al término de los cuales el navío penetra en una zona en la que las aguas del mar son completamente blancas; en el horizonte se perfila la Isla Verde. Nuestro peregrino se entera por su compañero de que este mar Blanco forma alrededor de la isla una zona de protección infranqueable; ningún navío tripulado por enemigos del Imam y los suyos puede adentrarse allí sin que las olas le engullan. Nuestros viajeros llegan pues a la Isla Verde. Hay allí una ciudad situada al borde del mar; siete murallas provistas de altas torres la protegen (estamos ante el plano simbólico por excelencia). Hay una vegetación exuberante y abundantes ríos. Los edificios están construidos en un mármol diáfano. Los habitantes son todos hermosos y jóvenes y visten magníficos atuendos. Nuestro shaykh iranio siente volar de alegría su corazón, y a partir de ahí, en toda la segunda parte, el relato adquiere el ritmo y el sentido de un relato de iniciación, en el que podemos distinguir tres fases. Hay una primera serie de entrevistas con un noble personaje, que no es otro que un nieto del XII Imam (el hijo de uno de sus cinco hijos), y que gobierna la Isla Verde, el Sayyed Shamsoddîn. Estas entrevistas suponen una primera iniciación al secreto del Imam oculto; prosiguen, ora en la sombra de una mezquita, ora en apacibles jardines poblados por árboles de todas las esencias. Sigue una visita a un misterioso santuario, en el corazón de la montaña que es la cima culminante de la Isla; por fin, una última serie de entrevistas de importancia decisiva en lo que atañe a la posibilidad o imposibilidad de tener una visión del Imam. 

Resumo aquí al máximo y debo pasar por alto los detalles de una escenografia y una dramaturgia intensamente vivas, para no destacar más que el episodio central. En la cima o en el corazón de la montaña que está en el centro de la Isla Verde se encuentra un pequeño templo coronado por una cúpula en el que es posible comunicar con el lmam, pues allí deposita un mensaje personal, aunque no le está permitido a nadie subir hasta ese templo, excepción hecha de Sayyed Shamsoddîn y aquellos que son semejantes a él. El pequeño templo se levanta a la sombra del árbol Tûbâ; ahora bien, sabemos que ese es el nombre del árbol que da sombra al paraíso; es el Árbol del ser. El templo está junto a una fuente que, brotando al pie del árbol del paraíso, no puede ser más que la Fuente de la Vida. Y, para confirmárnoslo, allí mismo nuestro peregrino se encuentra con el servidor del templo en el que reconocemos al misterioso profeta Khezr (Khadir). Es pues ahí, en el corazón del ser, bajo la sombra del Árbol y junto a la Fuente, donde se encuentra el santuario en el que se está tan cerca como es posible del Imam oculto. Tenemos ahí toda una constelación de símbolos arquetípicos fácilmente reconocibles. 

Nos enteramos, entre otras cosas, de que el acceso al pequeño templo místico no está permitido más que a aquel que, al alcanzar el grado espiritual en el que el lmam se convierte en su guía personal interior, ha alcanzado un estado semejante al del propio descendiente del Imam. Por eso la idea de esta adecuación interior está verdaderamente en el centro del relato de iniciación y es ella la que permite al peregrino conocer otros secretos de la Isla Verde; por ejemplo, el simbolismo de un rito particularmente elocuente (6). En el calendario litúrgico shiíta, el viernes es el día de la semana especialmente consagrado al XII Imam. Además, en el calendario lunar, el centro del mes marca la mitad de la lunación, y el centro del mes de Sha'bân es el aniversario del nacimiento del XII Imam en este mundo. He aquí, pues, que un viernes, nuestro peregrino iranio, mientras reza en la mezquita, oye un gran tumulto en el exterior. Su iniciador, el Sayyed, le cuenta que cada vez que el día del centro del mes cae en viernes, los jefes de la milicia misteriosa que rodea al Imam se reúnen a "la espera de la alegría", término consagrado, como sabemos, que quiere decir "a la espera de la manifestación del Imam en este mundo". Al salir de la mezquita, ve, en efecto, una reunión de caballeros de la que asciende un clamor triunfal. Son los 313 jefes de esa caballería sobrenatural siempre presente, incognito, en este mundo, al servicio del Imam. Este último episodio nos orienta hacia las escenas finales que preceden al adiós. Como un leitmotiv, reaparece incansablemente el deseo de ver al Imam. Nuestro peregrino se enterará de que, dos veces en el curso de su vida, se había encontrado en su presencia: estaba perdido en el desierto, y el Imam vino en su ayuda. Pero como es regla casi constante, no tuvo conocimiento de ello entonces; se entera ahora, que ha llegado a la Isla Verde y que ¡ay! es preciso abandonar; el orden no puede ser alterado; los barcos están ahí y esperan; los mismos que vinieron. Pero, aún más que en el viaje de ida, nos es imposible jalonar el itinerario que del "octavo clima" reconduce a este mundo. Nuestro viajero borra sus huellas, y sin embargo él mismo conservará una huella material de su estancia: las notas tomadas en el curso de sus entrevistas con los nietos del Imam y el viático que éste le remite en el momento de la despedida. 

NOTA

6. Ibid., pp. 361-362.

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