viernes, 26 de noviembre de 2010

Mundo Imaginal en Corbin -9-

MUNDO IMAGINARIO Y MUNDO IMAGINAL (i)
Henry Corbin 
Publicado en la revista Axis Mundi, nº 4. Trad. de Agustín López
Axis Mundi: cosmología y pensamiento tradicional, ISSN 1137-6767, Nº 5, 1995 , pags. 29-47


Sé la abundancia de comentarios que podrían añadirse a estos relatos, ya seamos metafisicos, tradicionalistas o psicólogos. Pero, a modo de conclusión provisional, prefiero limitarme a plantear tres breves preguntas: 

1.- No somos ya integrantes de una cultura tradicional; vivimos en una civilización científica que extiende su dominio, se dice, incluso sobre las imágenes. Es un lugar común hablar ahora de la "civilización de la imagen" (pensando en las revistas, en el cine, en la televisión). Pero habría que preguntarse si, como todos los lugares comunes, éste no encierra un malentendido radical, un error completo. Pues en lugar de elevar la imagen al mundo que le es propio, en lugar de aparecer investida de una función simbólica, que remita a un sentido interior, de lo que ahora se trata es sobre todo de reducir la imagen al nivel de la percepción sensorial pura y simple, llegándose así, por eso mismo, a una degradación definitiva de la imagen. Por eso, cuanto más éxito tiene esta reducción, ¿no se pierde más el sentido de lo imaginal, y más nos condenamos a producir solamente lo imaginario?

2.- En segundo lugar, toda la imaginería, la escenografía de un relato como el del viaje a la Isla Verde, o el repentino encuentro con el Imam en un oasis desconocido, todo eso ¿sería posible sin el hecho inicial, objetivo, absolutamente primario e irreductible (Urphaenomen), de un mundo de imágenes-arquetipos o de imágenes-fuente, cuyo origen no es ya racional y cuya irrupción en nuestro mundo resulta imprevisible, pero cuya existencia se impone?

3.- En tercer lugar, ¿no es precisamente este postulado de la objetividad del mundo imaginal el que nos proponen, o nos imponen, ciertas figuras y ciertos emblemas simbólicos (hermetistas, kabbalistas, o también los mandalas) que tienen la virtud de operar una magia de las imágenes mentales, de modo que éstas adquieren una realidad objetiva? 

Para indicar en qué sentido puede presentirse una respuesta a esta pregunta sobre la realidad objetiva de las Figuras sobrenaturales y el encuentro con ellas, me referiré a un texto extraordinario, en el que Villiers de l'lsle-Adam habla de la cara del Mensajero impenetrable con ojos de arcilla; esa cara "no puede ser percibida más que por el espíritu. Las criaturas experimentan solamente las influencias que son inherentes a la entidad arcangélica". "Los Ángeles -añade este autor- no son, en substancia, más que en el estado libre y sublime de los Cielos absolutos, donde la realidad sé unifica con lo ideal (...). No se exteriorizan más que en el éxtasis que suscitan y que forma parte de ellos mismos" (11). 

Estas últimas palabras -"un éxtasis que forma parte de ellos mismos"- me parecen de una lucidez profética, pues tienen la virtud de hacer mella en el granito de la duda, de paralizar el "reflejo agnóstico", en el sentido de que rompen el aislamiento recíproco de la conciencia y su objeto, del pensamiento y el ser; la fenomenología es desde ese momento una ontología. Y sin duda éste es el postulado implícito en la enseñanza de nuestros autores relativa al imaginal. Pues no hay ningún criterio exterior a la manifestación del Ángel, aparte de su manifestación misma. El Ángel es esto mismo, este ekstasis, ese "desplazamiento" o salida de nosotros mismos que es un "cambio de estado", de nuestro estado. Y por eso estas mismas palabras nos sugieren también el secreto del ser sobrenatural del "lmam oculto" y de las Apariciones para la conciencia shiíta: el Imam es el ekstasis mismo de esta conciencia. No puede verlo quien no esté en el mismo estado espiritual. 

Y es a esto a lo que hacía alusión Sohravardî en su relato de El Arcángel teñido de púrpura, con las palabras que citábamos al comienzo: "Si tú eres Khezr, tú también, sin dificultad, podrás pasar a través de la montaña de Qâf".
Marzo de 1964

NOTA: 
11. Villiers de l'Isle-Adam, L'Annonciateur (epílogo).

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